“Non nova, sed nove”
Por Servio Peña
Ajedrecistas aficionados: No pretendo ser Fausto, aquel sabio doctor y maestro que llevara a sus discípulos “a través de un laberinto inextricable”. Sólo pretendo, con los conocimientos ajenos que han llegado atropelladamente a mis dominios, ser el intermediario entre aquellos omniscientes ajedrecistas de diferentes siglos y naciones y los niños, jóvenes y no tan jóvenes que alcancen a leer mis capsulillas. Aspiro humildemente, con Samaniego, a “daros un asunto que instruya deleitando”, ocupando de su tiempo el necesario “en sólo cien palabras”, rogando el perdón de Don Emilio Lapayese, ya que por mi inexcusable inadvertencia no pude agenciarme su consentimiento.
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miércoles, 4 de agosto de 2010
jueves, 13 de agosto de 2009
A LOS AJEDRECISTAS AFICIONADOS
A los Ajedrecistas Aficionados
“Non nova, sed nove”
Por Servio Peña
Ajedrecistas aficionados: No pretendo ser Fausto, aquel sabio doctor y maestro que llevara a sus discípulos “a través de un laberinto inextricable”. Sólo pretendo, con los conocimientos ajenos que han llegado atropelladamente a mis dominios, ser el intermediario entre aquellos omniscientes ajedrecistas de diferentes siglos y naciones y los niños, jóvenes y no tan jóvenes que alcancen a leer mis capsulillas. Aspiro humildemente, con Samaniego, a “daros un asunto que instruya deleitando”, ocupando de su tiempo el necesario “en sólo cien palabras”, rogando el perdón de Don Emilio Lapayese, ya que por mi inexcusable inadvertencia no pude agenciarme su consentimiento.
“Non nova, sed nove”
Por Servio Peña
Ajedrecistas aficionados: No pretendo ser Fausto, aquel sabio doctor y maestro que llevara a sus discípulos “a través de un laberinto inextricable”. Sólo pretendo, con los conocimientos ajenos que han llegado atropelladamente a mis dominios, ser el intermediario entre aquellos omniscientes ajedrecistas de diferentes siglos y naciones y los niños, jóvenes y no tan jóvenes que alcancen a leer mis capsulillas. Aspiro humildemente, con Samaniego, a “daros un asunto que instruya deleitando”, ocupando de su tiempo el necesario “en sólo cien palabras”, rogando el perdón de Don Emilio Lapayese, ya que por mi inexcusable inadvertencia no pude agenciarme su consentimiento.
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